Después del alboroto de presenciar a mis congéneres gritar, disponíase a evadirse. Zafarse de la situación de inmunda soledad que le cobijaba en su lecho.
Dejóse caer decúbito en cama y permitió salir agitando las inmensas alas de su imaginación.
Sin calzarse, sin alcanzarse. Sin vestirse.
Sin adornarse.
Zafándose de su cuerpo aletargado por la secular rutina.
No pedía atención, mas el ansia de que escuchara su silencio era lo único que manifestaba. Atormentado como me pareció que estaba de oír el tintineo de los esporádicos xilófonos al otro lado de la pared. Harto. No pedía calma a gritos con los ojos, ya que ni siquiera los redirigía hacia mí, sin embargo, la expresión de su sufrimiento delataba el deseo que albergaba de, tanto yo como él, disfrutásemos de su desconcertante ausencia de sonido.
Y me disturbaba el juicio.
No se movía él, ni sus pies desnudos sobre la colcha. Pasaba cada segundo como si de horas se tratasen, tranquilos, sin interés ninguno en avanzar, cediéndose caballerosamente el paso los unos a los otros.
Mi desesperación llegaba tan alto como el grado de su evasión.
Tanto era así, que opté por imitar conducta.
Tras un mínimo de tácito desconcierto, conseguí entrar en un juego presidido por cualquier desquiciado arlequín. Me sentí Caperucita en “Caperucita y el loco feroz”; como un arbusto que crece hasta el infinito, desorientado por la naturaleza.
Nos sabíamos creyentes, ambos, de nuestro propio y compartido delirio.
Afirmaciones como : ”el paladar es el costillar de la boca” se producían continuamente. Y en ese momento, me percaté del efecto surtido en mi cráneo.
Había tenido un ojo de cada color. Heterocromía del iris, tan espontánea como instantánea, que me hacía andar desoriental, como un sabueso hipnotizado por unas escaleras mecánicas. Que no me orientase de más, o habría de atender intranquilamente las últimas órdenes que mis congéneres se hayan inventado. Atender, que no acatar, claro.
Cuando por fin conseguí entrar en sus aposentos cerebrales, prestar oídos a las burdas confesiones, fue de lo más gratificante y acogedor. Perfectamente adecuado para semejante bienvenida.
Se empeñó, sino en no continuar con la locura aquella del vidrio pintado en el que habitaban los curas del que es ahora Jesucristo, sin más.
Defendía, así, la ofensa que se le propinaba por doquier a semejante figura religiosa en cuero, que por allí, por sus entendederas, en ocasiones aparecía. Sin querer ser molesto. Sin interrumpir el espectáculo. Armado, sin embargo, de su improvisada cometa. Inocente.
Así pues, proseguía sin cesar la función, en la que era extremadamente fácil perderse, y no encontrarse hasta que el asunto hubiese dado las suficientes vueltas como para provocar la arcada al más pulcro de los espectadores.
Renegaba yo de ello en torno a su identificación al estrangular la perpendicularidad de su momentáneo desbarajuste. Pero qué va. Ya no se podía ver ante semejante neblina de enloquecidas ocurrencias.
Qué agradable era. Qué tendencioso que era todo. Se gozaba. Imploraba yo que se me permitiese ser partícipe de dichas actividades mentales, por favor, insistía. Pedía a mi cerebro que liberase endorfina, para demostrar que tenía un mínimo. Escogí suplicar. Aunque fuera o fuese en el sublimen, mas algo de conciencia albergaba, a pesar de ser habitado por moles de reglas de tres en las que todo eran incógnitas.
Nunca supe si anocheció en algún momento o no, ya que mis ojos eran cerrados y no había intención zutana de lo contrario.
Su cuerpo frío, al roce de manos.
Frío, epidermis contra plástico.
Cómo me apasionaban sus pies, maldita sea. Blancos y delgados.
Como el resto de su intempestivo cuerpo desnudo. Rígido y
de plástico. Inexpresivo.
Gustosamente acostumbrado
a la postura. Articulado. Desmontable.
Indesmochable.
Un derroche de tranquilidad, nariz.
Qué impasible pasividad.
Qué inactividad tan manifiesta.
Con qué profesionalidad se le hubo
realizado, despropósito carnal.
Ni podía ni quería concebir que
pudiera cobrar vida. Ya que
no era capaz, por suerte.
Detrás de tal perfección no podía
haber vida. No era posible
de ninguna manera.
De tan sublime, no proyectaba
una sombra, sino cuatro.
No quise un hijo suyo, del maniquí,
qué doloroso hubiera sido parirlo, pordiós.
Ni siquiera era lícito intentarlo y,
afortunadamente, tampoco posible.
Placer ocular.
Permitía el gozo de mi humor vítreo,
de mi córnea y, con ello, consentía danzar
a mis dos neuronas a su antojo.
Aquella obsesión era la que no concebía de sueño, la que no conciliaba.
Pero quién sabe lo que piensa el verdugo, ejecutor del daño.
Quién sabe lo que piensa el mendigo, suplicante de profesión.
Nos preguntábamos si aquello acabaría, sedientos de respuestas vociferadas a nuestros tímpanos, que no hubieron jamás.
No ansiaba yo el recorrer los arbotantes de su cuello, simplemente que yaciese allí era toda mi aspiración, aunque yo misma lo hubiese secuestrado y remolcado a mis aposentos. Merecía mi confianza por ser el más probo de mis conocidos.
Nos sabíamos a salvo. Tranquilos, alejados de la muchedumbre. Con la certeza de que no iba a haber ser que allí se personase.
Y la tranquilidad embargó hasta que un punto de oscuridad ofuscó la claror de mi bienestar: un punto negro que se expandía por momentos alrededor de mi esporádica felicidad.
Me sorprendí con el agobio, con demasiadas ideas embotadas en el caparazón que era mi cráneo. De sopetón me llovió al cerebro la concepción de aquello de haber hurtado un maniquí como una locura, ya que había de estar con sus compañeros y congéneres. Y no conmigo.
Se me ocurrió que con la silicona que les faltaba a las puertas de aquel vestíbulo, debería adherir las dudas que me asaltaban, a pesar de que el resultado de dicha combinación me aterrase.
Me impacientaba, y me expansionaba a contrarreloj. En todo momento se alteraba mi condición anímica, llegando a la conclusión de que lo único que estaba claro era que aquello fue un desfase. Un despropósito, a lo sumo.
Pero qué va, ¿deshacerme del maniquí? Nunca.
Con toda la fuerza de voluntad de la que fui capaz, me decidí por desmontar su articulada anatomía, y esconder las partes, silenciando así su presencia tanto como fuese necesario. Con la mayor sensación de tristeza que había sentido jamás.
Despiezar lo hermoso.
Despedazar la perfección.
Magnánimo sacrilegio, habráse visto…
Y me aterré de nuevo, relativizándome una y otra vez hasta el fin de la espera del episodio lúdico-explosivo-secreto-festivo. Qué peligroso era todo aquello para el disloque mental del que estaba gozando. Pero qué gusto daba la compañía de tan socialmente impasible ser, tanto era así que no pude en ningún momento deshacerme de él. Y siguiendo en mis trece, en absoluto me preocupaba lo que dijese cualquier persona ajena a mí, ya que el imperativo iba a ser rotundo: “Aténgase o absténgase”. Sin más.
De hecho, me usaría y no me dejaría en paz hasta que el zarandeo que yo misma me proporcionase se convirtiera en excusa de loable compañía durante el tiempo que tardasen mis ganas en agotarse. Resultaría tan divertido como hacer recuento de moscas dentro de la sopa que nos sirvieron en el Caribe Bar, donde de postre robamos unos churros helados que se dejaron derretir por el tiempo que gastamos en enterarnos de qué demonios estaba sucediendo. Sí, el maniquí y yo. Y nadie más.
Tan frío, tan distante. Ausente. Evadido. Siempre evadido. Misterioso.
La prosperidad del saber estar, y del estar ausente del ruido de la vida.
Impasible a la muerte.
Indiferente a la vida.
En lo más profundo de mi ser deseaba que me rozase el píloro, que él empezase la fiesta, suplicaba.
Que comenzara el espectáculo.
Friccionándome con saña el borde del sublimen.
Explicándome con su ausencia cómo dilatar el momento del éxtasis y así le veneraría de por vida.
Que me sacudiese el cerebro y que lo hiciera vibrar, sabía que era capaz. Tenía el don en los tornillos, maldita sea.
Que me inyectase delirio alucinógeno en vena. Que le diese ritmo haciendo danzar a mis desperdigadas neuronas.
De hecho, le daba permiso para regocijar en mi rabioso disfrute.
Estampando la aberración en mis ya distorsionados ideales. Mordiéndome las branquias sin cariño.
Retorcer sus articuladas extremidades hasta obtener el resultado.
Y poder colgarme de sus finas pero retorcidas raíces y columpiarme cuanto quisiera, y pedirle por favor, que no se soltase todavía.
La desesperación crecía vitaminada. Corría salvaje y al galope por el prado de mis venas.
Pensaba en pretéritos fragmentos: en poetas de rima fácil. Y en que el maniquí no era alguien sencillo, que sin embargo, poetizaba su imagen.
Me obligaba a repetirme una y otra vez la historia del poeta de la prosa del verbo elástico.
Era su profesión provocar desparrafados poeta, malabarismos de letras que de mis manos hacía brotar. Alejándome del que escribe escarnios con calculadora, recibía los sollozos del mundo de los dobles sentidos, la risotada del tiempo. Y de los tiempos, que entonces corrían. Y se escurrían. Recubrían, el cielo, de nubes negras.
El poeta va
y nunca escatima
en bordar la rima.
Era poeta, de descontrolada desdicha, encogía al universo, hasta que cabía en el verso.
No concebía escala de grises, sólo me hacía bailar entre los manises. No escatimaba en tintas que hacerme gastar, ni en vasos de medios tintos verme beber, ni en cuadros de dudosos trazos contemplarme observar, ni en preocupaciones absurdas, en general.
Dúctil. Táctil. Grácil. Rima de marfil, para el poeta versátil. Musa portátil que en la soledad de su compañía me hizo comprender que las ramas del sol son como las palabras mojadas. Musa de voz dispersa que se mezclaba en el silencio del asunto, pudiendo conmigo, ayuda adversa y de un mal menor: el qué será de esta situación mañana.
Y ante la situación de ser consciente de que yo misma sufría accidentes de zurdo en un mundo de diestros, empecé a sentirme como oruga en sal.
Guardé las piezas del bellísimo armatoste y me dirigí hacia la cocina a la llamada de la tierna voz de “ya está la cena” de mi progenitora. Perfecto, hoy tocaba dorada a la plancha. Mientras que pensaba en que la perpendicularidad del regazo del maniquí hicieron la estancia tan incómoda como digna de ser mencionada.
En paráfrasis